sábado, 26 de abril de 2008

El regreso de Perrodolfo


En momentos tan solitarios, es difícil no caer en la locura, la esquizofrenia es un trastorno donde la gente oye voces que no vienen de ninguna parte, pero en mi caso me da por hablarle a seres u objetos que no responden, como a mi cámara de vídeo, a las polillas, o como ya había mencionado anteriormente, a Perrodolfo.


El viernes, luego de la clase de química, me quedaba una hora y media para almorzar, elegí el edificio Serena Oriente, me senté en una banca y saqué mis sandwiches, pero luego de comer, me puse a pensar en que nunca entendía nada de las clases de ejercicios, que estaba cansado y mareado, y que tenía unas ganas locas de cantar, entonces decidí devolverme a casa caminando, irme por la linea del tren y poder cantar allí, porque nadie me escucharía. El punto es que después de una hora y media de caminata, uno comienza a requerir un descanzo, sentarse un ratito y tomar algo de jugo, así que, casi llegando a mi casa, antes de subir por esa empinada cuesta que lleva a mi hogar, me senté en el pasto, saqué mi jugo, y de pronto sentí que había alguien cerca mio, mire para todos lados y me encontré con un viejo conocido, Perrodolfo.

-¡Perrodolfo! -le dije, me acerqué y le comencé a hablarle otra vez, mientras él escuchaba atentamente, y me miraba a los ojos de tanto en tanto. me alegré mucho de poder hablar con un amigo, aunque sea solo un perro callejero, pero al llegar a mi casa tuve de nuevo esa extraña sensación, de que hablar con perros vagos es un signo claro de un trastorno afectivo.

martes, 15 de abril de 2008

Solitaria Soledad.

No podía seguir con Tomás, no lo amaba ni sentía nada por él, ni si quiera ganas de ser su amigo. Me costó encontrarlo para hablar con él, pero finalmente cerré un capítulo de mi historia, y el último de la nuestra. Ahora, absolutamente soltero, creí que podría buscar compañía en mi interior, y que equivocado estaba.


Los siguientes días transcurrieron normalmente, asistí a la Universidad de Lunes a Viernes, todos los días, pero a medida que los días pasaban, la necesidad de contacto humano se acrecentó más y más.

Suelo llegar temprano a las clases de la tarde, muy temprano, con una hora o más a mi favor, lo que me deja mucho tiempo para escuchar música, dibujar, estudiar, y pensar. Pensar, que mal me hace pensar.


No soy el único en llegar temprano, generalmente todos llegamos temprano a las clases de la tarde, y el panorama es siempre el mismo: Todos en grupos, con amigos que se conocían desde mucho antes. Ya sean del colegio, del preuniversitario o de alguna fiesta, los grupos se armaron desde antes de iniciar las clases, y yo estoy por allí, escuchando "Stray Cats Fever" o "Destruction Pancake" a máximo volumen, con los audífonos pegados a mis oídos, dando pasos largos, mirando hacia el suelo, esperando que el tiempo pase, y mirando mi reloj, como si sirviera de algo. Mis compañeros se me acercan de vez en cuando, me saludan y me preguntan como estoy. Y fingiendo estar ocupado, doy cortantes respuestas y me voy.


No sé si será solo impresión mía, o si tenga razón, pero a veces pienso que la gente me habla por lástima o compasión. Yo no necesito compasión de nadie, y tal vez me equivoqué, pero prefiero no hablar con nadie, porque aún llevo latente el temor de ser lastimado, engañado, y abandonado otra vez.

El problema es más serio los días Viernes, salimos a la 1:00 PM de nuestra clase de química, y tenemos una hora y media antes de nuestra clase de ejercicios de Álgebra. En ese espacio para almorzar, los grupos vuelven a armarse, se juntan a comer chatarra y tomarse unas cervezas en algunos de los numerosos establecimientos de comidas que se encuentran cerca de la facultad, y yo salgo corriendo antes de que alguien me hable.




Una hora y media solo, sin hablar con nadie, mirando con nostalgia a los grupos de amigos que se juntan a conversar, y rezando para que todo termine rápido. ¿Por qué no puedo dejarme llevar, darle vuelta la página y empezar desde cero? ¿Por qué no puedo hablar con mis compañeros como cuando hablé el primer día de clases? Acá, al menos legalmente, somos jóvenes adultos, y las jugarretas infantiles han quedado en el pasado, si me hablan no es para lastimarme, es para incluirme, pero, no se puede estar seguro. Aún tengo miedo, mucho miedo, y estando tan solo, ese miedo aumenta aún.

Aunque odie admitirlo, necesito la compañía de las personas, necesito entrar en contacto con la gente, pero mi maldita timidez me impide abrirme al mundo, saludar, conversar, e incluso hasta sonreír, que escasas se hacen las sonrisas cada vez.

Espero poder derrotar mis miedos, poder mirar al mundo de frente y dejar atrás mis inseguridades, pero hasta entonces, seguiré vagando por las calles, esperando a que acabe el día, y siendo un eterno solitario.